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El motor equivocado

Publicada en El Tiempo el 20 de mayo de 2026

El viernes salieron los datos de crecimiento económico del trimestre, que los analistas nos afanamos en desmenuzar. Los datos del primer trimestre de 2026 muestran que el consumo de los hogares sigue siendo el motor principal de la economía. Al considerar el crecimiento anual entre el primer trimestre de 2026 y el primero de 2025, lo más llamativo es que el Gobierno con su gasto directo realiza el mayor aporte desde 2021, cuando el gasto fiscal fue determinante para la recuperación tras la pandemia. Esto contrasta con años anteriores como 2022 y 2024, cuando el aporte del Gobierno al crecimiento fue negativo, y refleja el viraje hacia una política fiscal más expansiva. Los datos también muestran que la inversión sigue siendo el componente más débil como motor de crecimiento.

Cuando en lugar de considerar el crecimiento respecto al primer trimestre del año anterior se considera el crecimiento frente al último trimestre y se proyecta con base en él el crecimiento del año, el gasto del Gobierno pierde protagonismo y se observa un repunte real de la inversión que la otra forma de comparación no captura. Esto último es alentador, porque el nivel de inversión sigue muy por debajo del histórico. La importancia del consumo de los hogares es consistente en ambas formas de analizar el crecimiento: predomina el consumo discrecional y de servicios, que se concentra típicamente en los grupos de mayores ingresos, con trabajo formal y acceso al crédito. La contribución del consumo básico es mucho más modesta.

¿El balance? La economía crece poco y mal, a tasas insuficientes para construir el país que queremos, y sin que el crecimiento mediocre observado parezca tener detrás algo que sugiera la posibilidad de entrar en una senda sostenible de desarrollo. Esa debería ser la preocupación que domine la conversación en Colombia.

¿Por qué importa tanto el crecimiento? Porque en ausencia de actividad económica pujante es imposible reducir la pobreza y la desigualdad. Los ingresos de los que dispone un gobierno para invertir en desarrollo dependen críticamente de que alguien pague impuestos y, para que eso sea posible, las empresas deben generar ganancias y las personas deben tener ingresos. Entre el 2000 y el 2014, cuando la economía creció relativamente bien, se observaron las tasas más rápidas de reducción de la pobreza y la desigualdad. En los años siguientes, cuando el crecimiento se estancó, también se estancó el progreso social. La disyuntiva entre crecimiento y reducción de la pobreza y la desigualdad es falsa, y cuanto más rápido lleguemos a un consenso al respecto, mejor.

¿Por qué importa tanto el crecimiento? Porque en ausencia de actividad económica pujante es imposible reducir la pobreza y la desigualdad

¿Y qué reformas hay que hacer para poner la economía en una senda de crecimiento sostenido? Solo el crecimiento impulsado por mejoras sistemáticas en la productividad permite avanzar en el camino del desarrollo. Lamentablemente, el concepto de productividad se ha estigmatizado. Pero hay que entender la productividad como la contribución que cada cual está en capacidad de hacerle a la sociedad a la que pertenece. De ella depende no solo el bienestar general, sino también el propio. Las habilidades, el conocimiento, la capacidad de pensar, de adaptarse e innovar son lo que, al final, hace la diferencia. Si lo vemos de esta manera, empiezan a caer en su lugar el tipo de inversiones pendientes que el Estado debe priorizar, por ejemplo, en el sistema educativo, la necesidad de minimizar la incertidumbre regulatoria para facilitar las decisiones de inversión privada, y la importancia de ordenar los marcos regulatorios para que la actividad productiva y el trabajo se organicen en grupos más grandes de personas y no en negocios miniatura donde es limitada la posibilidad de acceder a las tecnologías de punta y de aprender de la interacción con otros.

MARCELA MELÉNDEZ

Directora ejecutiva de Fedesarrollo

 

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