¿Quién para gobernarnos?
Publicada en El Tiempo el 9 de marzo de 2026

Me gusta la forma en que Juan Daniel Oviedo lo planteó durante su campaña: los candidatos a un cargo público son personas buscando trabajo, a quienes los electores decidimos contratar o no, haciendo uso de nuestro derecho al voto. El criterio bajo el cual decidimos cómo ejercer ese derecho es el resultado de una combinación de las cosas que nos importan. Creo, por ejemplo, que el voto por Oviedo es un voto por la mesura en la interlocución, la generosidad en el discurso y la inteligencia de un hombre accesible, cercano, con ganas de ver al otro y tender puentes. Hay una parte de Colombia que está agotada con la polarización y en buena hora, porque la división en bandos de buenos y malos no permite construir nada y no lleva al país a ninguna parte.
La lista de atributos que nos hacen sentir afinidad con un candidato a veces es larga, pero la mayoría de las veces es increíblemente sencilla, o ni siquiera es una lista. El psicólogo Jonathan Haidt en su maravilloso libro La mente de los justos: por qué la política y la religión dividen a la gente sensata argumenta que al decidir entre lo que nos parece bueno y lo que nos parece malo, los seres humanos solemos decidir con base en nuestras emociones, con el estómago, y luego usamos la cabeza para racionalizar lo que hemos decidido. Lo hace a través de un recuento de experimentos diseñados para explorar lo que incide en las posturas morales de la gente. Es una invitación a cuestionar y cuestionarnos a nosotros mismos, que les recomiendo.
Vuelve a mi mente viendo los resultados de la votación al Congreso, en los que no parecen haber jugado un rol fundamental el talante, la preparación, la efectividad demostrada, la experiencia, ni los temas por los que se quiere trabajar, entre los criterios con los que se mide a un candidato. Las grandes ganadoras son las listas cerradas que nos ahorran indagar un poco más. Y se quedan por fuera muchos de los que en mi opinión eran excelentes candidatos.
Portales como La Silla Vacía y otros hacen un esfuerzo loable por informarnos sobre quiénes son las personas que buscan ser escogidas para escribir las leyes que le darán norte a nuestra sociedad y con las que se dibujará la cancha que determina lo que será posible en los próximos cuatro años. Es una lista extensa y se agradecen la pedagogía y el uso de la tecnología para acercarnos a los candidatos que parecen más afines a nuestras preferencias. Tanto trabajo por detrás. Me impresiona que haya salido a votar solo la mitad de la gente que podía hacerlo. Que a la mitad de la gente le dé igual quién legisla o haya decidido delegar en la otra mitad esa decisión. Somos, por esta medida, aún una democracia joven muy imperfecta.
El próximo o la próxima presidenta tendrá un Congreso difícil de gestionar, con muchas divisiones y muy polarizado. Ojalá surjan liderazgos interesados en impulsar agendas legislativas pendientes, que dediquen tiempo y trabajo a entender a fondo los problemas grandes del país, identificar soluciones y construir consensos más allá de las fronteras ideológicas de cada partido, por el bien de los colombianos. Ojalá veamos grandes discusiones sobre cómo diseñar los contenidos de una política de seguridad para que funcione bien, cómo armar un sistema de educación pública de calidad, cómo mejorar el funcionamiento del mercado de trabajo para que haya menos autoempleo, sinónimo de pobreza, cómo pintar un sistema de tributación y gasto que realmente permita igualar las oportunidades de todos los colombianos y transitar de una vez por todas a ser una sociedad más equitativa.
Sigue la primera vuelta para la elección presidencial. Espero ver una lista de candidatos significativamente reducida en las próximas semanas, para que no se dispersen la atención ahora y después el voto. Y un electorado que se resista seriamente a elegir con el estómago.
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